EL NIÑO HORMIGA




Muy obediente, Lautaro se había comido un gran plato de garbanzos, sentía su panza llenita y merecía un premio.
-¿Puedo ver televisión un ratito?. -preguntó entre bostezos, con un poquito de sueño.
-Imposible. -respondió la mamá un poco alterada. -Esta casa está repleta de hormigas y necesito fumigar. ¿Que tal si sales a jugar al jardín?. 
-Buuu. -rezongó Lautaro con ganas de echarse sobre el sillón.
-¿Alguien sabe donde está el insecticida?. -preguntó la mamá revisando bajo el lavaplatos.
Lo dejé sobre el refrigerador. -respondió el papá. -El otro día encontré a Lautaro echándole al gato...Dijo que estaba hediondo y necesitaba colonia.
-Ahhh...toda la razón. -dijo la mamá empinada sobre el refrigerador.

Apenas salió, Lautaro se cruzó con una larga hilera de hormigas que avanzaba en orden militar, rumbo a la cocina de su casa y se agachó para advertirles.
-Por favor no entren a la casa…Mi mamá acaba de encontrar esa cosa con olor a colonia,  que usa para matar a todos los bichos que pilla. –Como ellas continuaban avanzando, a Lautaro se le llenaron sus ojitos de lágrimas e insistió…-¡Por favor escuchen lo que les digo….no entren!. -Cerrando sus ojitos con fuerzas, pidió un deseo muy grande y muy imposible. Y entonces ocurrió algo muy, muy extraño. Hubo un pum, un pam,  otro pum y de pronto Lautaro…se había convertido en una hormiga más, dentro de la fila. Al principio se asustó, después se asombró y finalmente tomó una decisión muy importante. Necesitaba encontrar alguna solución para salvar a las hormiguitas. Encaramándose sobre una pequeña piedra, llenó sus pulmones de aire y con todas sus fuerzas gritó:


-¡Alto ahí!. – Al parecer su voz era muy fuerte y poderosa, porque las hormigas detuvieron su marcha y se quedaron allí…inmóviles y muy enojadas, mirándose unas a otras, para tratar de descubrir quien había dado la orden de detener la marcha. Parándose muy erguido,  infló el pecho y arrugando el ceño, como su tata cuando estaba enojado, Lautaro preguntó: -¿Quien es el jefe de este grupo?.
-Yo soy el jefe. –Respondió una hormiga muy grande y forzuda que salió  de la fila.  –Y quiero saber quién te dio el derecho, a detener el trabajo de mi equipo.
-Solo quiero salvarlos. –Afirmó Lautaro preocupado. –Allí dentro hay algo muy grande, malo y poderoso que quiere acabar con todas ustedes…Yo creo que no les conviene insistir.
-¿Y por qué querrían acabar con nosotros que solo 
trabajamos por el bien común.
-¿Y cómo es eso del bien común?. –Preguntó extrañado. - Yo solo sé que mi mamá, reclama todo el día por las hormigas.
-Nosotros nos alimentamos de todos los restos orgánicos del planeta…Si las hormigas no existieran, los humanos no sabrían que hacer con tanto desecho…Ustedes compran, cocinan y comen mucho más de lo que necesitan…El resto se pierde y queda en los basureros. Nosotros ayudamos a limpiar.
-Mmmm. –Meditó muy serio. –Es que últimamente pasan mucho tiempo adentro de mi casa y mi mamá anda muy malhumorada.
-Es que ya empieza el otoño y aún faltan muchas provisiones. Si no reunimos lo suficiente, toda nuestra colonia, morirá de hambre durante el invierno. –Explicó el jefe muy preocupado.
-Mmmm. –pensó Lautaro rascándose la cabeza para tratar de encontrar alguna solución. De pronto, miró hacia el sector donde su tío Luca juntaba las cáscaras de frutas y verduras y tuvo una idea brillante. -¡Cómo no lo había pensado antes…Yo les voy a mostrar el mejor lugar del mundo, para encontrar comida!. –y se acercó al jefe, para decirle  algo al oído.
-Mmmm…-sonrió el jefe.  -¡Me parece una buena idea!. –Y revisando en una bolsa que llevaba en la espalda, sacó  un pequeño silbato. Con él, dio tres pitazos largos, uno corto, otro largo y dos cortos más. (Que significaba:  ¡Sigan al desconocido que usa algo muy extraño en su cabeza!). Y con mucha educación y amabilidad, pidió  a Lautaro que les mostrara el camino.





















-¡Síganme!. –Gritó Lautaro muy contento de ir a la cabeza del grupo y enfiló  rumbo al cajón del compost. Al ir entrando al cajón repleto de dulces, deliciosas y nutritivas cáscaras de plátanos, manzanas, peras, kiwis y muchas otras frutas y verduras, las hormigas gritaban, se abrazaban y bailaban felices…

-¡Ya nunca más pasaremos hambre!. –repetían al comer y llenar sus espaldas con la valiosa carga.
Muy contento de haber salvado a las trabajadoras hormiguitas, Lautaro regresó muy satisfecho a su hogar. Solo le preocupaba que su mamá lo confundiera con una hormiga cualquiera y continuara echando insecticida.
-¡Hola mi niño!. –Exclamó la mamá al verlo llegar. –Ni te imaginas lo que pasó.
-Mmmmm…esto es muy raro. -Murmuró Lautaro extrañado, al verse en el espejo que estaba en la entrada de la casa. –Ya no soy una hormiga.
-¿Hormigas…dijiste hormigas…?.-repitió la mamá, dando brincos por toda la cocina. – ¡Ya no hay ninguna….Justo cuando iba a echar el insecticida, ocurrió algo increíble y las hormigas se devolvieron por esa ranura bajo la puerta!.
Muy contento de haber salvado a sus nuevas amigas, Lautaro se sentó y le pidió a su mamá que le diera una naranja.  Después de comerla con muchas ganas, tomó la cáscara y corrió a dejarla en la compostera. Allí se quedó un buen rato viendo trabajar a sus amigas y prometió que de allí en adelante, nunca más mataría a ningún insecto. ¡Qué pena no saber las palabras, para explicarles a su mamá, a su papá y a toda la gente grande, que las hormigas y los insectos eran tan útiles e importantes para el bien de todo el planeta! 



                                                    FIN



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