LAS AMIGAS LANUDAS
Contento de comenzar un nuevo día, Lautaro abrió la
puerta de su casa. El aire era fresco y el sol, medio escondido entre las
nubes, parecía decidido a dormir un rato
más. Arrastrando su enorme camión tolva, se encaminó a su
lugar favorito…Un enorme cerro de arena y piedrecillas, que sus amigos
maestros habían acumulado muy cerca de la casa. En cuanto lanzó las primeras
piedras dentro de la tolva, un extraño sonido llamó su atención. Algo muy
parecido al llanto de su primo Filippo, que aún era pequeñito y vivía dentro de
un coche o en brazos de los adultos.
-¿Filippo?. –Preguntó extrañado. Su primo vivía
lejos y para llegar hasta su casa, debían andar un rato largo en la camioneta de su papo. Decidido a
descubrir el extraño misterio, vació las piedras del camión y
tomó la cuerda para arrastrarlo
por el cerro. Si su primito estaba perdido, necesitaría ayuda para traerlo de
regreso. A poco andar entre los árboles, el sonido; muy parecido al que hacía
su gato “Dalí” cuando olvidaban darle la comida, parecía estar más y más cerca.
-¿Filippo?. –insistió al agacharse entre las ramas y encontrar un pequeño
ovillo de lana suavecito y
llorón, mirándolo aterrado.
-¿Eres una
cabrita…Qué haces aquí?. –Preguntó tomándola
entre sus brazos.
-Noo looo séee y estoy asustaaaada. –dijo haciendo
pucheros de tristeza. –Acabo de llegar de un lugar muuuy tibio y oscuuuuro, donde
vivía contenta y tranquiiiila. Ahora estoy aquí,
soliiiita y con frío.
-Pero tu mamá, debe andar por acá cerca...
–Reflexionó mirando en todas direcciones y recordó los abrazos de su mamá. -A lo mejor, fue a comprar una
mamadera para alimentarte…Las mamás nunca dejan solos a sus hijos, cuando son
chicos.
-¿Y entonces , por qué tu estas solo?.
-Es que ya
soy grande. –Decidido a cumplir su misión, acomodó a la pequeña cabrita dentro
de su camión, la abrigó con el chaleco que llevaba amarrado a la cintura por si
hacía frio y enfiló rumbo a su casa. De seguro, su mami Sofi sabría qué hacer.
-¿Y a dóoonde creeeees que vaaaas?. –Escuchó una voz
muy enojada a sus espaldas. Al voltearse, encontró una cabra adulta mirándolo
muy seria. Por el tamaño, el color de la piel, la cara de cansada y ese tono
mandón, concluyó que era la mamá de su pequeña amiga. Cuando Lautaro no quería
comerse los brocolis, bañarse o acostarse, su mami hablaba igual.
-Es que tu hija estaba solita y con frío. –explicó
retrocediendo. –Las mamás nunca dejan solos a sus hijos pequeños.
- ¿Y entonces
qué haces solo?. –Insistió la mamá cabra.
-Es que yo soy grande. -¿Por qué todos insistían en
la misma cuestión…acaso no se daban cuenta que él ya caminaba solo, comía solo
y ponía clavos con su martillo?.
-Lo que ocurre es que normalmente las cabras y casi todos los animales, nacen y pueden caminar inmediatamente, pero mi pequeña cayó de golpe y se rompió una patita. -Murmuró afligida. -Yo tenía mucha sed y necesitaba tomar agua para reponer fuerzas. No podremos movernos hasta que su patita sane y pueda caminar sola. El problema, es que nos alejamos del rebaño y seguro estarán preocupados buscándonos.
-Mmmm. -Murmuró Lautaro rascándose el cráneo. Era lo que hacía cuando necesitaba encontrar alguna solución. Después de unos minutos de silencio habló. -Le propongo una idea...
-Te escucho. -Afirmó la cabra medio desconfiada.
-¿Que le parece si vamos donde mi mami y le pedimos que cure la patita de su cría?. Ella es muy buena sanando heridas...-Explicó lleno de orgullo. -Aquí en el camión, su hija irá muy cómoda y segura.
-Mmm...No tengo muchas opciones. -Analizó la señora cabra. -Por aquí hay muchos perros y sin la firmeza de nuestras patas, que nos permiten escalar el cerro, estamos en serio peligro.
-¡Está bien…
-afirmó de pronto -Vamos donde tu
mamá!. Pero antes, debo alimentar a mi hija. Sin perder tiempo, metió su hocico
dentro de la tolva y con mucha suavidad empujó a su cría, hasta dejarla muy
pegada a su pecho. Después de olisquear y lengüetear buscando las tetillas de
su madre, la pequeña cabrita, se colgó
de una muy grande y rosada, donde encontró
leche tibia y deliciosa.
Al fin la historia acabó bien. Con un palito de
damasco y barro fresco del cerro, Sofía; la mamá de Lautaro, inmovilizó la pata de la cabrita.
También preparó un enorme plato de
lechugas, acelgas y zanahorias de la huerta, para alimentar a su madre que
lucía huesuda y hambrienta.
Aunque
Lautaro las invitó a quedarse un par de días, la señora cabra prefirió
regresar junto a su rebaño.
-Hace días me esperan, para continuar hacia la cordillera. –Explicó la señora cabra. –Ya se acerca el
verano y estos cerros, quedan secos y pelados. Necesitamos encontrar pastos tiernos para alimentarnos y
alimentar a nuestras crías, durante la época de calor.
-¿Y volveremos a vernos?. –Preguntó Lautaro
entristecido. En un gesto de enorme generosidad, buscó su antiguo camión rojo, amarró una cuerda en uno de sus
extremos y acomodó a la pequeña cabrita, arropándola con un pañal. –Mientras su
patita sane, usted podrá arrastrarla con esta cuerda. Mi amiga irá cómoda y
ustedes avanzarán más rápido.
-Muchas gracias amiguito….En cuanto empiecen las
lluvias regresaremos. –Prometió
agradecida lamiéndole la mano.- Entonces vendré a buscarte y te invitaré a recorrer el cerro para
presentarte a mi familia y mostrarte como
vivimos.
Aferrado de la mano de su mamá, Lautaro esperó la
salida de la luna llena que ya asomaba tras los cerros. En medio de la lechosa
luz desparramada por las resecas laderas, creyó ver una hilera de pequeñas
sombras avanzando, junto al canal.
Contento de haber hecho dos nuevas amigas, hizo señas con su manito
regordeta y un alegre balido le respondió a la distancia.
FIN
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