La Luna anaranjada


La Luna anaranjada

Aunque había trabajado todo el día sin descanso, sus ojos ya se cerraban  y las dulces canciones
 de su mamá Sofi, le daban mucho sueño, Lautaro no debía quedarse dormido. ¡Esta noche sin falta, subiría a la luna!.
Bajo la cama estaba su abrigado polerón de pelos de gato negro, la mamadera con agua, una barrita de cereal  y la caña de pescar con que pescaba peces de colores en el estanque. Su Tata que todo lo sabía, le había explicado cómo hacerlo:

-Debes esperar a que la luna esté con la forma de una uña.
-¿Cómo es la forma de una uña?. –Preguntó sin comprender.
-¿Es que nunca te has fijado cuando tu mamá te corta la uñas?. –Explicó  haciendo un dibujo sobre la tierra. -Bueno…Cuando al acostarte, la luna tenga esa forma y la veas  brillando en la oscuridad, debes tomar tu caña de pescar, soltar todo el hilo del carrete y lanzar con todas tus fuerzas, para llegar muy alto y enganchar un cachito de la luna.
-¿Entonces la podré traer hasta mi pieza?.
-La verdad…no creo que puedas traerla hasta tu pieza. –explicó su Tata. –Pero podrás subir, sentarte sobre ella y hacerle muchas preguntas.
-“Entonces el duende travieso, pidió permiso a la tierra, para cortar algunas flores. Eligiendo las más lindas, armó un enorme ramo para regalar a la primavera en su cumpleaños”…-Susurró su mamá muy bajito,  acariciando la mejilla de Lautaro con suavidad.
–Y colorín colorado…este cuento se ha acabado…Y pasará por un zapatito roto…
-Para que mañana te cuente otro. –Pensó Lautaro y apretó sus ojos muy fuerte para hacerse el dormido.
 Caminando en puntillas, para no hacer ruido ni tropezar en la oscuridad, Sofía salió de la habitación, dejando la puerta entreabierta, para que asomara un pequeño rayito de luz desde el pasillo.
Después de lavar los platos y dejar todo ordenado en la cocina, la escuchó llamar a “Dalí”; su gato y a la “Night”; su perra,  para darles de comer, antes de apagar las luces y subir a su pieza muy cansada. 
Aguantando los bostezos y las ganas de dormir, Lautaro se estiró como un gato. -¡Ufff!... estoy  tan calientito…-pensó enrollándose como una cuncuna, entre las sabanas limpias  de su cama. -Tal vez podría dejar el plan para otro día.
Pero ahí estaba la luna, con su intensa luz blanca,  asomando por la ventana.
-¿Te vas a quedar durmiendo como una guagua...- La escuchó susurrar con voz de dulce betún. -Acaso no sabes que te estoy esperando?
Sin pensarlo dos veces, Lautaro dio un brinco y poniéndose en cuclillas, buscó sus cosas bajo la cama. Subió el cierre de su polerón y guardó la barrita de cereal en el bolsillo.
Después de pensarlo un poco, decidió dejar la mamadera. Era  grande,  no cabía en ninguno de sus bolsillos y no podía llevarla en las manos. Dio tres, cuatro, cinco tragos muy largos  para no tener ni un poquito de sed y volvió a dejarla bajo la cama. 
Recordando las palabras de su Tata,  tomó la caña de pescar, soltó el seguro del carrete y tiró del hilo hasta dejarlo todo desparramado, sobre el suelo de su habitación. Con la seguridad del aventurero experimentado, tomó la pequeña caña entre sus manos y alumbrado por la brillante luz de la luna, caminó hasta la ventana. Abriéndola muy despacito para no despertar a sus padres que ya dormían hace rato, miró a la luna y apuntando la caña en su dirección, inspiró muy profundo para llenarse de fuerza. Haciendo girar una, dos y tres veces la caña, como había visto hacer a su Tata, lanzó el hilo muy fuerte y rápido, hacia el cielo. Tiró de la caña y como si alguien le estuviera tirando de las trenzas, vio a la luna inclinarse hacia atrás.
-Que buena puntería tengo…El anzuelo ya está enganchado en la luna. –Exclamó hinchado de orgullo. Sosteniendo la caña con fuerza, Lautaro comenzó a enrollar el carrete. A medida que enrollaba, el hilo se acortaba, acercándolo más y más, a la hermosa uña brillante. En su rápido ascenso, el pequeño pasó en medio de estrellas, satélites, planetas y de un cometa cuya larga cola de fuego, casi le quema los pelos de gato del polerón. Se acordó de la barrita y abriéndola con mucho cuidado para no dejarla caer, le dio dos mordidas y la volvió a guardar.
–¡Amiga luna…allá voy!. –sonrió dichoso
-Auch auch.-La escuchó quejarse en cuanto estuvo cerca.-Tu anzuelo enganchó mi cabeza y ahora estoy inclinada hacia atrás. -Reclamó entre sollozos. .-¡Mira como me dejaste...Parece que estuviera cansada o con sueño!
-Yo te veo linda, grande y brillante como siempre. -Exclamó asombradp por el intenso brillo de su blanca  luz. Doblando el cuello para mirarla a los ojos preguntó: ¿De verdad estás inclinada por mi culpa?.



-¡Claro que sí y estoy hecha un desastre!. –afirmó malhumorada. –¡Debes regresar a tu casa y soltar este anzuelo en mi cabeza, antes que las personas me vean así…toda cansada y soñolienta!.
-Bueno…está bien…- suspiró resignado. Tenía tantas ganas de conversar con la luna y preguntarle muchas cosas, pero con ese mal genio iba a ser imposible. -Voy a bajar y suelto el anzuelo para que recuperes tú posición normal. Solo debes prometer que otro día estarás contenta y me contarás muchas cosas.
-Está bien. –Respondió haciendo un coqueto puchero. –Ahora baja y saca ese anzuelo antes que amanezca.
Muy obediente, Lautaro fue desenrollando rápidamente el hilo del carrete, hasta poner los pies sobre la ventana de su pieza. Al llegar allí, era tan grande el sueño y el cansancio, que cayó rendido sobre la cama y olvidó lo que había prometido a su amiga. 



Cansada de llamar y llamar a Lautaro, para que retirara el  anzuelo de su cabeza, la luna soñolienta  se puso un lindo pijama anaranjado, se recostó de espaldas sobre el lomo del cerro Mamalluca  y por un día, olvidó sus deberes. Esa fue la noche en que la luna anaranjada con sus cachitos mirando al cielo,  durmió, roncó y descansó como nunca. Si alguna vez miras el cielo y ves a la luna anaranjada durmiendo sobre el cerro, sonríe y recuerda a Lautaro. Camina en puntillas y solo por esa noche, déjala descansar.

                                          

                                               FIN


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