LA LLUVIA

El sol reflejándose en el cerro, comenzaba a volverse de un rosado violeta y los pajaritos siempre tan ruidosos, dormían escondidos entre las ramas de los árboles. El aire era más fresco y ya no había una gota de viento. Los colores de las flores, contrastando con el apagado café del cerro, lucían más vivos y brillantes. Aunque no sabía ver la hora, ni tenía reloj, Lautaro se sentía cansado y con frío. Después de un día de mucho trabajo, ayudando a su amigo Hugo a construir la nueva casa, era hora de descansar y subir a comer un enorme plato de fideos con salsa, su comida favorita.
Al escalar la enorme roca con cara de perro y prepararse para brincar sobre el canal, que pasaba cerca de su casa, se detuvo bruscamente y protegió sus ojos para mirar valle arriba. Allá a lo lejos….algo de color blanco, venía navegando entre las aguas.


Aunque le dolían las piernas, sentía los brazos agarrotados y  su estómago aullaba de hambre, Lautaro era muy curioso y decidió sentarse a esperar. Tal vez, algún animalito indefenso se había caído por accidente al canal. Si no sabía nadar y  se estaba ahogando, él  podría salvarlo y regresarlo a su casa.
A poco esperar, una pequeña nube blanca, muy gorda y esponjosa, asomó remando sobre un trozo de madera.
-¿A dónde vas remando así?. –preguntó Lautaro. –Tu bote no es más que una corteza de árbol y tus brazos son tan delgados, que parecen tallitos de flor.
-Me siento muy aburrida y voy a conocer el mar…- Respondió la nube, sin dejar de remar.  -Ya me cansé de vivir siempre en la cordillera. –¿Te gustaría venir conmigo?.
-Bueno…no sé…Tendría que preguntarle a mi mamá. –Miró el cielo volviéndose grisáceo y agregó: Ya es un poco tarde y tengo hambre.
-Ven…Súbete al bote, me ayudas a remar y vamos a conocer el mar. Te prometo volver antes  que tu mamá termine de cocinar.
-¿Estás segura?. –Insistió un poco desconfiado. En realidad no sabía dónde, ni a qué distancia de su casa estaba el mar, pero no parecía una travesía fácil…Menos con ese par de brazos flacuchos. –¿Y sabes dónde queda?.
-Una nube muy grande, gris y rechoncha que estaba  sobre la cordillera, me dijo que este canal me llevaría derechito al mar.
-Si prometes volver antes de la hora de la comida…yo te puedo acompañar. -Haciéndose a un lado, la nube le dejó un espacio para que Lautaro se sentara sobre la corteza y le entregó un remo.
-¡A remar se ha dicho!. –exclamó la nube entre carcajadas.


Ayudados por la fuerza de la corriente, rápidamente bajaron valle abajo. Pasaron cerca de una gran familia de cabras que pastaba cerca del canal y bajo higueras cargadas de enormes bravas. Pasaron bajo unos sauces llorones, a los que ya no les quedaban lágrimas, por tantos inviernos sin lluvias. Pasaron por pueblos grandes y pueblos pequeños, por casas nuevas y casas viejas; de esas que antiguamente construían con barro y paja. Pasaron bajo pimientos,chañares, álamos y parras, que ya verdeaban esperando la primavera. Cuando sus brazos comenzaron a doler por tanto remar y los ojos amenazaban con cerrarse, Lautaro vio asomar algo nuevo.Una larga y estrecha franja de un azul muy intenso, que comenzaba justo donde el cielo terminaba. ¿O es que todo era cielo?.
-¡Por allá diviso el mar!. –Chilló eufórica la nube.
Allí estaba esa enorme masa de dulce y calmo azul, llenándolo todo.
-¡Mira los trozos de nube, jugueteando en la orilla…Es exactamente como me lo describieron!.
-Es grande… -Balbuceó Lautaro sin palabras. 
Cuando apenas faltaban unos metros, el canal se internó bajo la tierra para asomar  justo sobre la playa. Convertido en un débil hilillo de agua, donde una montonera de gaviotas, disfrutaba del agua dulce antes que el mar la volviera salada. De pronto recordó a su mamá advirtiéndole de no jugar cerca del canal y sintió miedo. Siguiendo a esa nube loca, había llegado muy lejos y ya nunca podría volver a su casa. Era tarde, tenía hambre, tenía sueño y frío. Sin pensarlo dos veces decidió saltar fuera del improvisado bote y gritó: -¡Yo no sé nadar!.
-¡No tengas miedo y aférrate a mí!. -Gritó la nube sosteniéndolo con fuerza. 




Abrazado a la deliciosa protección de la blanca nube algodonosa, Lautaro cerró los ojos y aguantó la respiración, dejándose  llevar mar adentro.
La contagiosa risa de la nube, una brisa suave rozando sus mejillas  y una extraña sensación en su estómago y plantas de pie, le obligó a abrir los ojos.
-¡Lautaro…Abre los ojos y mira…Somos muchas y nos estamos elevando!. –Insistió la nube levantando los brazos triunfantes.  Aferrándose con fuerza, Lautaro se dejó llevar cada vez, más y más arriba. 
Al llegar muy alto, las nubes empezaron a saludarse, con unos abrazos tan apretados, que terminaba por juntar a unas nubes con otras, hasta hacerlas muy  grandes, fuertes y mullidas.
-¿Viste amigo que yo no mentía?...– sonrió la nube dichosa.  -A medida que crecían, se iban volviendo de un color grisáceo y el viento que soplaba desde el mar, las empujaba valle arriba de regreso a la cordillera.
-Amiga nube…-preguntó Lautaro mirándola con timidez. -¿Estás enojada?.
-¿Enojada?. –Repitió ella extrañada.
 -¿Y Por qué crees que estoy enojada?.
-Es que antes eras muy blanca y ahora,  estás cada vez más y más oscura. Me da un poquito de miedo tu color…
-¡Jajajaja!...-respondió entre carcajadas. – No te preocupes que eso es algo natural…Ya verás…¡Justo ahora, iremos de regreso a tu casa!. - Al cruzar sobre la ciudad, Lautaro se tendió sobre las nubes. De camino a su casa, aprovecharía de dormir una buena siesta.


 –Amigo…ya estamos sobre tu casa. –Escuchó susurrar a la nube mientras se restregaba los ojos adormilado. –Tápate los oídos y sin importar lo que escuches, aférrate a mí y no tengas miedo.
 Después de algunos resplandores y un fuerte ruido parecido al taladro de su amigo Hugo, al hacer hoyos en la madera, Lautaro sintió a su amiga inspirar muy  profundo. 




Llenándose de aire, se sacudió el agua como hacía su perro “Cholo” después de salir del canal y explotó como un enorme globo de cumpleaños. Convertida en torrencial lluvia que traería vida y fertilidad a la tierra, su amiga nube, cayó sobre el Mamalluca con su compañero de aventuras entre los brazos.
-¡Lautaro…entra a la casa que empezó a llover!. – Allí venía su mamá a tomarlo en brazos para llevarlo a comer.





                                     FIN



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