YO QUIERO SER ÁRBOL


A escondidas de su mamá que insistía en obligarlo a dormir siesta después de almuerzo, Lautaro tomó el enorme camión rojo y se escabulló por la ventana de la pieza.  
-¿Cómo no entiende que ya soy grande y no necesito dormir siesta como Filippo?. –Pensó malhumorado. -Además me obliga a comer esas extrañas frutas que no me gustan…Bueno en realidad no sé si me gustan, porque nunca he querido probarlas…Es cierto que parecen dulces, jugosas y sus colores,  son más bonitos y brillantes que las manzanas o las peras, que son mis frutas favoritas en todo el mundo. …-Acarreando sus juguetes, llegó hasta la sombra de un añoso árbol de damascos, donde podría jugar tranquilo.
De pronto, una repentina ráfaga de viento movió las ramas, haciendo bailar sus redondeadas hojas verdosas. Algo firme y duro, cayó del árbol golpeando su cabeza.

-Auchh. –Escuchó quejarse a alguien.
-Auchh. –Repitió Lautaro sobándose la cabeza. Al ver que no había nadie a su lado, miró en todas direcciones y preguntó.  -¿Quién habla?.
-Yo, yo, aquí…-murmuró una misteriosa voz. Al ver que Lautaro comenzaba a levantarse, chilló histérico. -¡Cuidado con pisarme… Estoy aquí, justo frente a tu pie!.
Acostado sobre una cama de hojas secas, mirándolo con ojos aterrados, estaba una de esas frutas que su mami le obligaba a comer. De un suave color anaranjado y mejillas sonrosadas como las de Filippo después del baño.  Más bien pequeño, pero redondo, firme y rechoncho como su amigo Hugo.
-¿Y tú eres…? –Aunque aún era pequeño, su mami y su papo le habían enseñado, que no estaba bien hablar con extraños.
-Yo soy un damasco y antes de ese ventarrón que me hizo caer, vivía allí en esa rama. –Como no tenía manos para gesticular, señaló su rama con un movimiento de ojos. –Perdón por golpearte y gracias.
-Perdón por el golpe está bien…. –Repitió Lautaro mirándolo extrañado. –Pero gracias…¿Por qué?.
-Es que tu cabeza, me salvó del reventón.  –Haciendo girar sus ojos agregó afligido. -Mira a todos por aquí…Reventados y podridos antes de haber conocido la vida. –con los ojos llenos de lágrimas agregó. -¡Yo quiero hacer  algo importante antes de ser convertido en mermelada!.
-Mmmm. –Murmuró Lautaro rascándose la cabeza. Era lo que hacía cuando necesitaba pensar. El pequeño damasco tenía razón al estar preocupado…Justo después que los árboles se llenaron de frutas y las frutas se volvieron anaranjadas, su nunna se pasaba el día con las ollas en el fuego. Le encantaba  preparar esa cosa pegajosa y dulce, que después guardaba en frascos de vidrio para echarle al pan. Tomando al pequeño entre sus manos, Lautaro se arrastró hasta quedar con la espalda apoyada sobre el áspero tronco del árbol. Arrullado por el suave cascabeleo de las hojas, podría pensar con tranquilidad. De seguro había una respuesta para las preocupaciones del damasco y él la encontraría.


-¿Acaso nunca pensaste, qué quieres ser de grande?. –Preguntó el damasco de improviso.
-Quiero tener un camión muy grande, para vender limones como mi pappo. O ser maestro como mi amigo Hugo. –Afirmó entusiasmado -Voy a construir unas casas grandes y lindas, como las que él hace. –Al mirar los ojitos soñadores del pequeño fruto sintió curiosidad. - ¿Y tú… qué quieres ser?.
-Yo quisiera ser árbol…Un árbol enorme, con muchas ramas llenas de frutas grandes, dulces y jugosas como yo.
-Mmmm…-Volvió a pensar. Su seria mirada de ceño fruncido, iba del damasco al árbol y de éste al damasco. Después de unos momentos de concienzuda reflexión agregó: –Yo creo que eso es imposible. 
-¡Imposible por qué?. .Suspiró el fruto con desesperanza.
-Es que… ¡mírame!. –Afirmó poniéndose de pie, de un brinco. –Yo aún  soy pequeño, pero tengo brazos, piernas, ojos, nariz y boca como mi pappo. Tu en cambio, no te pareces para nada a ese árbol…¿Cómo podrías llegar a ser uno?.
-No lo sé. –Sollozó entristecido. Ese niño tenía razón…Él no se parecía en nada a ese enorme árbol de donde había caído hace solo un rato. –Es solo algo…que siento aquí, muy  dentro de mí.
 -Mmmm. –Murmuró Lautaro confundido. De pronto observó a una familia de gorriones picoteando los damascos desperdigados por el suelo.
-¡No, no ,no…ni se te ocurra decirlo…-Chilló el damasco aterrrado. -No quiero ser comida de pájaros!.
-Ahh…yo pensé que te alegraría saber que puedes alimentar a otros. –Suspiró decepcionado. De pronto tuvo una idea brillante y dando un brinco exclamó-¿Y si le preguntamos a mi nunna?. Ella es viejita, pero lee muchos libros y sabe cosas que yo no sé.
-Me parece una buena idea. –reflexionó el damasco. –Siempre y cuando no quiera echarme a la olla.
-No te preocupes…-afirmó convencido. -Ella es la única que te puede ayudar. –Y sin pensarlo más, corrió con su pequeño amigo entre las manos.
Al llegar donde su abuela, la encontró transpirando en medio de los vapores de las ollas.
-¡Hola mi niño hermoso!. –Sonrió dejando el cucharón de madera dentro de la olla. Con cuidado apagó el fuego, lavó sus manos bajo el chorro de agua y las secó en un paño limpio, para abrazar a su nieto favorito. -¿Qué te trae por aquí?.
-Ven nunna, ven. –Suplicó Lautaro tomando su mano para arrastrarla hasta el árbol, donde encontró a su amigo. Sin oponer resistencia, la anciana se dejó guiar. Una vez allí, le explicó el deseo de su amigo.
-Él  -explicó mostrándole al pequeño damasco - quiere ser árbol…Como éste. –Por suerte su abuela le entendía sin necesidad de muchas explicaciones complicadas.
-Ahhh…muy bien muy bien. –Sonrió la nunna después de un rato. -¡Ya sé lo que vamos a hacer!. – Sin pérdida de tiempo, echó el damasco en su bolsillo, aferró la mano de Lautaro y lo arrastró cerro arriba, hasta el sector de la huerta. -¡Lo primero que necesitamos es tierra de hojas!.
-¿Tierra de hojas?. –Repitió Lautaro intrigado.
-Es una tierra muy nutritiva, que alimenta y ayuda a crecer a las plantas más grandes, lindas y sanas.  Tu tío Luca la prepara con las hojas secas que caen de los árboles, el pasto, las cáscaras y los restos de verduras que quedan del almuerzo. -Después de hurgar en una antigua bodega, salió muy contenta con una pala y un macetero de greda que llenó hasta el tope, con la tierra oscura y húmeda del tío Luca. -¡Listo mi niño…Ahora vamos a la casa a comer el postre!.
-¿Postre?. –Por alguna razón, la invitación le provocó desconfianza. Al llegar a la casa, su abuela lo sentó sobre un taburete. Con mucha delicadeza sacó el aromático damasco de su bolsillo y lo limpió minuciosamente con un paño húmedo.
-Ahora te vas a despedir de tu nuevo amiguito y le vas a desear un buen viaje, porque muy pronto se convertirá en árbol –Tal como su abuela le pidió,  Lautaro besó a su amiguito en ambas  mejillas y le deseó buen viaje. El pequeño damasco sonrió agradecido y cerró los ojos,  lleno de esperanza. De pronto volvió a abrirlos y en un susurro muy bajito agregó:


-Antes de partir al viaje más importante de mi vida, hay algo que debo decirte…
-¿Qué cosa?.
-Eres el más tonto de los tontos.
-¿Yo tonto…y porqué?. –preguntó ofendido.
-Porque nunca has probado los damascos y te estás perdiendo de algo muy bueno…Promete que hoy mismo vas a probar uno…-Afirmó su amigo con seriedad. -¿De qué serviría convertirme en un enorme árbol, lleno de hermosos damascos si mi amigo no podrá disfrutar de ellos?.
-Mmmm. –Lautaro reflexionó unos momentos. Su nunna continuaba afanada en la preparación de la tierra. Sin mucho entusiasmo prometió:  –Está bien...Los voy a probar.
-¡Listo mi niño…-Sonrió la abuela, limpiando la tierra de sus manos en el delantal. -La tierra está preparada para nuestro futuro árbol!. –Cuando estaba a punto de enterrar el damasco, se detuvo a reflexionar. –Aunque creo que lo mejor, sería plantar solo el cuesco…La pulpa tardaría más tiempo en descomponerse y todo demoraría más…-con su mejor sonrisa agregó: -¿No te gustaría probar este delicioso damasquito?.
-Buajjj. –Renegó Lautaro con cara de asco. Pero entonces se acordó de su promesa y mirando al damasquito, le preguntó si estaría bien comérselo. Su amigo sonrió encantado y respondió:
-Para alimentar y dar felicidad, es que vine a este mundo…-con cara de súplica agregó: -Solo te pido que no me cortes con cuchillo…Una buena mordida estaría mejor. –Con una enorme sonrisa en su redonda cara de  mejillas arreboladas, dijo adiós y cerró los ojos.
-Ya nunna…-Decidido a cumplir su palabra, tomó el damasco entre sus manos y hablándole en susurros, agradeció sus enseñanzas y la generosidad, le dio unos besitos de despedida y con la valentía de un verdadero niño de campo, dio la primera  mordida. Una textura suave y un dulzor exquisito con un delicado toque de acidez, llenó su boca. En medio del banquete, con el delicioso jugo chorreando hasta su barbilla, sintió cosquillas en la lengua  y contagiosas carcajadas dentro de su boca. –Mmmm… mi mamá tenía razón…Esto está muy bueno.
-Algo me dice… – preguntó de pronto su abuela. Lautaro no podía apartar la mirada, de un cerro de cuescos sobrantes de la mermelada, que se acumulaban sobre el mesón de la cocina –que te estás preguntando…¿Cómo algo tan pequeño como este cuesco, puede llegar a convertirse en un enorme árbol?.
-¡Si nunna…Si!. –Sonrió entusiasmado,  dando brincos sobre el asiento. Su nunna conocía incluso las preguntas que estaban escondidas dentro de su cabeza.
-Yo sé que parece imposible pensar, que este cuesco duro y pequeño, pueda convertirse en algo diferente. Lo que ocurre es que aquí adentro, –aseveró entregándole el cuesco a Lautaro para que pudiera tocarlo y observarlo de cerca –hay una semillita parecida a una pequeña almendra. Adentro de esa semillita hay un pequeño. –le mostró con sus dedos –pequeñísimo árbol,  durmiendo siesta.
-Ahhh. –Exclamó Lautaro con los ojos muy abiertos.
-Ese arbolito tan pequeño y desvalido como tu primo Filippo, necesita alimentarse, hacerse fuerte y crecer. Para hacer eso, debe romper esta casita donde ahora duerme.
-¿Y eso cómo se logra?. –Pensó Lautaro boquiabierto.
-Ahora sí. –afirmó la abuela y poniendo el macetero frente a Lautaro, le animó a terminar el trabajo. Con cuidado  introdujo el cuesco en el espacio abierto y lo tapó con otro poco de tierra. Juntos apretaron la tierra, la humedecieron con agua y dejaron el macetero en un lugar soleado. –Se logra con paciencia, cariño, buena tierra, agua limpia y mucho sol.



Y así pasó el tiempo…Un mes, dos meses y hasta tres o cuatro. Lautaro vigilaba todos los días el macetero, tocaba la tierra para comprobar si necesitaba agua y buscaba los lugares más soleados para instalar el macetero. El primer saludo de la mañana y el último adiós de la noche, eran para su amigo escondido bajo la tierra.  Al comenzar el otoño, una diminuta hojita verde apareció sobre la tierra.
-¡Mamá, mamá!. –Gritó Lautaro dando brincos por toda la casa con el macetero entre las manos. -¡El arbolito despertó, el arbolito despertó, rompió su casa y salió!.
Así pasó el invierno y gracias a los cuidados de Lautaro, la hojita se convirtió en ramita y luego en planta, que cada día se hacía más y más fuerte. Al otoño siguiente, el pequeño arbolito estuvo en condiciones de ser plantado en la tierra y toda la familia estaba muy contenta. El tío Luca trajo su pala e hizo un gran hoyo que llenó con tierra de hojas, su papo hizo una protección con madera para que los conejos no dañaran el delicado tallo. Lautaro lo plantó y el tata que adoraba regar, le echó suficiente agua con la manguera.  Su mamá y la nunna, pusieron el mantel de flores, colgaron globos y prepararon  lasagna y torta. Invitaron a la Abu, al tata Marco, a su amigo Hugo, al Motita y a José con su familia.  Juntos comieron, cantaron y bailaron para celebrar el primer árbol plantado por Lautaro.


                                                  

                                                                       FIN

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