LAS LAGARTIJAS
Apenas el gallo lanzó el primero cacareo de la
mañana, Lautaro corrió a despertar a su mamá y comenzó a dar vueltas por la
casa, apurando por salir. Aunque su estómago rezongaba después de casi doce
horas sin comer, afuera le esperaban el sol, los árboles y el enorme cerro
Mamalluca, que no se cansaba de explorar. En cuanto estuvo alimentado y
vestido, corrió a perderse cerro abajo.
-Lautaro olvidaste
el gorro para el sol. –Gritó su mamá desde la puerta y poniendo mucha
atención para no tropezar con alguna piedra del sendero, llegó a su lado. – ¡No
sé cómo haces para bajar sin caerte ni tropezar!. –Resopló con el rostro
colorado por el esfuerzo –El sol está muy fuerte y te puedes insolar.
Resignado a llevar esa molesta cosa, que hacía transpirar su cabeza más de la cuenta,
miró hacia la nueva casa en construcción, un par de metros más abajo. Allí le
esperaba su amigo Hugo; el carpintero en jefe a cargo de la obra, que siempre le prestaba sus herramientas.
Martillo, taladro y destornilladores eran parte de sus juguetes favoritos y los
manejaba a la perfección sin ayuda de los adultos…¡Pero tenían que ser de
verdad!. Esos plásticos, de colores eran para las guaguas y él, ya no era una
guagua. Si su mamá supiera, cuántos de esos enormes clavos los había puesto él
con ayuda de su martillo, se habría sentido muy orgullosa.
A medio camino, una enorme lagartija de un verde
encendido se cruzó entre sus piernas y volteando su pequeña cara de enormes
ojos le miró fijamente.
-¡Sígueme!. –Dijo con una voz misteriosa y se perdió
entre las ramas del antiguo árbol de membrillos.
Sin pensarlo dos veces, Lautaro se echó en cuatro
patas y empezó a gatear tras la lagartija.
Aunque le dolían las rodillas y
las puntiagudas ramas rasguñaban sus brazos, no podía perder de vista, la larga cola verdosa avanzando entre los
matorrales.
-¡Shhh no hagas tanto ruido!. –La escuchó decir
molesta. -¿No ves que mis hijos están por nacer y necesitan tranquilidad?.
Allí estaba la pequeña lagartija, observándolo con sus ojazos enormes. Sentada sobre
una cama hecha con restos de hojas
secas, terminaba de tejer un minúsculo chaleco
verde con dibujos en color
calypso; muy parecido al diseño de su propia piel.
-¡Al fin terminé…Éste es el último!. –suspiró aliviada y empezó a cerrar las costuras. –Si
no me apuro, mis niños nacerán sin nada que ponerse…
Aún no llega la primavera y con estos días tan fríos...¡Uno nunca sabe lo que podría pasar!. -estirando sus pequeños bracitos verdes, alejó la prenda para mirarla mejor y llena de satisfacción explicó. - Debes saber que a las lagartijas nos gusta mucho, mucho el sol y podemos pasar largas horas, echadas sobre las rocas calientes de este cerro. Es que nuestra sangre es fría y necesitamos de su agradable calor para vivir….
Aún no llega la primavera y con estos días tan fríos...¡Uno nunca sabe lo que podría pasar!. -estirando sus pequeños bracitos verdes, alejó la prenda para mirarla mejor y llena de satisfacción explicó. - Debes saber que a las lagartijas nos gusta mucho, mucho el sol y podemos pasar largas horas, echadas sobre las rocas calientes de este cerro. Es que nuestra sangre es fría y necesitamos de su agradable calor para vivir….
-Señora lagartija…-Comenzó Lautaro, buscando las
palabras adecuadas para preguntar lo que le inquietaba. –Mi mamá me mostró un
libro, donde dice que los hijos vienen de adentro de la guatita de la mamá, pero
a usted la veo un poco flaquita. ¿No cree que tal vez tejió muchos chalecos…O a
lo mejor debió hacerlos más pequeños?. –Mientras hablaba, con todo disimulo
levantaba piedras y hojas secas, esperando encontrar a las pequeñas
lagartijitas.
-¡Pero qué ignorante eres!. –gruñó la lagartija
impaciente. -¿Es que acaso no sabes que las lagartijas nacemos igual que las
gallinas?. –Y haciendo un gesto despectivo,
comenzó a sacudir las hojas, hasta que aparecieron más de una docena, de
pequeños huevos blancuzcos. -¡Y ahora por favor…no me interrumpas, que ya llegó
la hora y debo estar muy concentrada!.
Decepcionado por el mal humor de la lagartija,
Lautaro se incorporó para regresar donde su amigo Hugo. Seguro estaría preguntándose,
dónde estaba su mejor ayudante. ¡Tal vez
incluso fue a buscarlo a la casa!. Hasta
creyó escuchar a su mamá, llamándolo por el cerro, con la cuchara de palo en la
mano. Seguro dejó sus ejercicios de yoga o las camas a medio hacer, el suelo a medio barrer y las
lentejas a medio cocer, para salir a buscarlo con los ojos llenos de lágrimas.
-¿Y a dónde crees que vas?. –rezongó la lagartija
interponiéndose en su camino. -¿No ves que ya están naciendo y necesito de tu
ayuda…Cómo crees que pueda poner tantos chalecos al mismo tiempo?. –Alargando
su minúscula mano fría, tomó la mano de Lautaro y le obligó a regresar.
Allí sobre el nido de hojitas, los huevos comenzaron
a moverse, dando vueltas para lado y lado, como si quisieran salir arrancando de su madre mal humorada. De
pronto se trisó uno, luego otro y otro, asomándose unas pequeñísimas cabecitas
verdes entre las cáscaras rotas.
-¡Al fin están naciendo mis niños!. –Brincó la
lagartija, aplaudiendo emocionada. Tomando el alto de chalequitos, lo separó en dos montones entregándole uno a Lautaro. -¡Ahora debes
ayudarme a abrigarlos!.
A medida que iban asomando sus cuerpecitos, la madre
con gran habilidad, los tomaba entre sus brazos, les limpiaba las lagañas y
después de un montón de besos, le ponía un chalequito o se lo entregaba a
Lautaro para que hiciera lo mismo. Así trabajando en equipo, no perderían
tiempo y evitarían posibles enfriamientos.
-Mi mamá también me abriga antes de salir a jugar.
–Comentó Lautaro después de poner el tercer chaleco con sus manitos regordetas.
No era tarea fácil encajar los minúsculos brazos de los recién nacidos, en esas
pequeñas mangas tejidas. Sin duda su propia madre era muy hábil, porque todas
las mañanas, después de un montón de besos y abrazos, daba dos tirones para acá, dos tirones para allá y
Lautaro quedaba vestido con ropa limpia y olorosa.
-¡Listo!. –Exclamó la lagartija después de vestir al último de sus hijos. Mirándolos llena de orgullo agregó: –Cuando finalmente llegue el verano, ellos crezcan y su piel se vuelva fuerte y firme como la mía, mis niños podrán sacarse el chaleco para disfrutar del sol sin resfriarse. –Mirándolo muy seria lo apuntó con el dedo diciendo - Ya sabes cómo son los hijos…¡Siempre tan desordenados!…De seguro más de alguna vez, encontraste alguno de estos chalecos, tirados entre las rocas del cerro. Si los hijos fueran más responsables y los trajeran de regreso, yo podría lavarlos y guardarlos para usarlos la próxima vez…¡Así no tendría que estar siempre tejiendo!.
Después de jugar a las escondidas con los pequeñitos
y ayudarlos a cazar bichitos para su primera comida, Lautaro se despidió de la
señora lagartija que lo abrazó agradecida y volvió gateando entre las ramas,
para ir a comer su almuerzo.
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