UN NUEVO AMIGO


Reptando con cuidado  para no romper su trajebaño nuevo, Lautaro cruzó bajo el alambrado. Al otro lado de la arboleda había escuchado tararear a alguien  y aunque intentó llamar su atención, no obtuvo respuesta.
Al llegar a la quebrada, se encontró a un niño un poquito más alto que él, brincando entre los árboles con la agilidad de una ardilla. Su cabello era largo y oscuro y sus  ojos oscuros y rasgados.
 -Hola. –Exclamó Lautaro. Aunque disponía de todo el cerro para correr e investigar a sus anchas, extrañaba tener amigos para  jugar -Nunca antes te había visto…¿Vives aquí  hace poco?.
-Desde que la noche se hizo día y el Mamalluca se transformó en un enorme cerro… hemos vivido aquí…-Señaló el niño con una sonrisa. Lautaro lo observaba con atención y una pregunta se le atoraba en la garganta.
-¿No estás un poco grande para usar pañales?.  –Preguntó  aguantando las ganas de reír. Si su mamá viera a ese niño, seguro ya no le obligaría a interrumpir sus juegos para sentarse a cada rato en la bacinica.
-¿Pañales?. –repitió  extrañado. Ese curioso niño blanco, no dejaba de mirar su taparrabos;  única prenda de vestir que usaban los niños en días de mucho calor.
-Ahhh…entonces son calzoncillos. –Insistió señalando con su dedito  - Son igualitos a los que me compró mi abu…El problema es que a veces olvido que ya no uso pañal y….-dando pequeños saltitos corrió hacia los árboles  tratando de bajar su trajebaño.  - me mojo. ¡No importa…con este calor se seca al tiro!.
-¿Te portaste tan mal que cortaron tu pelo?. –preguntó el niño, girando a su alrededor con extrañeza. –Hace algún tiempo, un adulto de nuestra comunidad hizo algo muy, muy malo y en castigo le cortaron el pelo…Igual que a ti.
-Mmmm…no sé. –Reflexionó Lautaro durante algunos segundos. Entonces recordó las tazas rotas de su nunna y la pared del pasillo, los sillones del living y el polerón nuevo de su pappo, que pintó con plumón. –¡Nooo…yo siempre me porto bien!.
-¿Quieres jugar?. –Preguntó el niño acercándose. Quería mirar,  el extraño objeto que el pequeño niño blanco, tenía entre sus manos.
-Es el carro de bomberos que me trajo el viejito Pascuero. –Sonrió prestándose lo.
-¿Bomberos…Pascuero?. –Repitió asombrado. -¿Quieres ir a conocer mi casa?.
-Claro. –Afirmó Lautaro encantado.
-Ven conmigo…es por aquí. –Y comenzó a brincar cerro arriba,  con Lautaro colgando de su mano. Al salir de la quebrada  hacia una planicie en el cerro reseco,  divisaron las primeras casas. –Aquí es donde vivo. –Las casas, construidas con muchas piedras apiladas unas sobre otras y techos de ramas con barro,  se parecían a la casa donde su Pappo compraba ese queso que tanto le gustaba.  -¿Quieres conocer a mi familia?.



-Si. –Afirmó nuevamente. Al entrar a la pequeña habitación en penumbras, Lautaro la encontró fresca y agradable. Sobre el piso de tierra,  habían puesto gruesas mantas de bonitos colores.
 - Éstas las usamos  para dormir, para abrigarnos o para sentarnos a escuchar historias. -Dándose mucha importancia de sus conocimientos,  agregó:  -Gracias al barro con que cubren las ramas del techo, nuestras casas son  frescas en verano y tibias en invierno. -Lautaro recordó ese ruidoso  aparato que había en su casa…A su mamá  le encantaba encenderlo  en días de mucho calor.  De seguro no sabía  de las ramas y el barro.


Cuando se preparaban a jugar con el camión de bomberos, entró una mujer grande, seguida de dos niñas más altas y bonitas que su nuevo amigo. Sus cabellos también eran largos, oscuros y brillantes.
-Ella es mi mamá y ellas mis hermanas. –Dijo el niño y se puso en pie de un salto, para ayudar a su madre.


-¿Adonde estabas?. –Preguntó con ese conocido tono de mamá gruñona, sin fijarse en Lautaro. -¡Te dije que hoy iríamos a recoger chañar!. –Y comenzó a vaciar los frutos sobre una manta. Eran los mismos, que Lautaro encontraba botados en el callejón, cuando salía a caminar con sus papás. Una vez su mami le dio a probar, pero los encontró demasiado dulces y secos.
-Demoré en salir porque no encontraba la bolsa. -Comenzó a explicar su nuevo amigo, con cara de niño bueno. -Cuando al fin iba bajando por la quebrada, atrasito de mis hermanas…encontré a este amigo y lo invité a conocer a mi familia.
-Ahhh..tú. –Murmuró  la mamá con desconfianza, tocándole el pelo a Lautaro.  -¿Y qué hiciste para que tus padres te cortaran el pelo?.
-¡Otra vez la cosa del pelo!. –Pensó Lautaro enojado. Ya no dejaría que su mamá lo llevara a la peluquería…Al parecer tener el pelo corto era algo muy malo y solo sus papás, no lo sabían.
-¿Tienen hambre?. –Preguntó de pronto la mamá. Al parecer había olvidado el asunto de los chañares y el pelo.
-¡Siii!. –Gritaron los niños a coro y salieron a jugar afuera. Después de superar el primer impacto del extraño sonido, el nuevo amigo de Lautaro, quedó hipnotizado por la ruidosa sirena que cambiaba de colores. Afuera encontraron a otras personas de la comunidad, que observaban a Lautaro con curiosidad y cuchicheaban sin atreverse a preguntar. Hombres y mujeres vestían ropa parecida a la que usaban sus abuelas para dormir, pero lo que más llamó su atención, fueron los extraños dibujos que los hombres habían pintado en su rostro. Al parecer no era el único, al que le gustaba pintar con plumón negro. Tenía que contarles a sus papás,  para que no lo retaran más y lo dejaran dibujar tranquilo.


-Entren a comer. –Dijo de pronto la madre, asomando la cabeza por el angosto espacio que usaban para entrar y salir de la casa.
-¡Eeeeee!!!. –Gritaron a coro y echaron a correr hacia el interior, para sentarse rápidamente sobre las bonitas mantas.
-Que bien que tengan hambre pero,  -dijo la mamá muy contenta. –primero van a tomar agua. Esta mañana la trajimos de la vertiente y aún está muy fresca. –Y puso frente a ellos un jarro igualito al que su mami tenía en un mueble al lado de la tele. La única vez que Lautaro quiso jugar con él, su abu se lanzó como leona a quitárselo de las manos.
-¡Esto no es para jugar!. –Y volvió a ponerlo con mucho cuidado sobre el mueble. –Es un adorno muy antiguo que un caballero encontró en el cerro.
En verdad Lautaro estaba sediento y con mucho cuidado para no romper el lindo jarrón, tomó un gran sorbo de agua.  Estaba muy rica y heladita.
Después de eso, la mamá sirvió la comida en unos platos con bonitos dibujos, parecidos al jarro del agua. De todo lo que había en el plato, solo reconoció los choclos y Lautaro quiso decir ¡Guácala!, como hacía cada vez que una comida no le gustaba, pero no se atrevió. Las dos niñas eran muy lindas y la mamá,  parecía realmente gruñona.
-Mmmm. –Dijeron las niñas saboreando el extraño guiso y haciéndose el valiente, Lautaro también  probó una cucharada.
-Mmmm. –Repitió tratando de identificar aquellos sabores. Aunque no conocía el nombre, supo que esa comida,  si la había comido en su casa y recordó a su mamá diciendo: . -¡Esta es una comida mágica, para que los niños tengan mucha fuerza y corran rápido como Rayo Mcqueen!. -Pero Lautaro siempre hacía guácala.
-Veo que te gusta la quinoa con papas y maíz. –Comentó la mamá con una enorme sonrisa y le agregó otra cucharada de comida. Aunque la lengua le ardió un poquito y tuvo que tomar agua varias veces, encontró que todo estaba muy rico.

Cuando Lautaro regresó a su casa, venía sediento y corrió hasta el mueble al lado de la tele. Con mucho cuidado, tomó el bonito jarro con dibujos y se lo entregó a su mami.


-Quiero agua por favor. –Pidió con mucha educación.
-¿Y quién te dijo que esto sirve para tomar agua.  –Preguntó la mamá devolviéndolo a su lugar.
-Mi nuevo amigo. -Respondió Lautaro señalando hacia el cerro.
-¿Un niño…en el cerro…estás seguro?. –Insistió muy extrañada. Vivían en una parcela y sus vecinos más cercanos, era una pareja de ancianos que recibían a los nietos solo los fines de semana.
Entonces Lautaro recordó un bonito libro de cuentos que había en su pieza y corrió a buscarlo para mostrárselo.
-Parecido a este niño...-Automáticamente la mamá tocó la frente de Lautaro, para comprobar si estaba un poco afiebrado. –Tal vez, estuviste mucho rato al sol. –Pero Lautaro insistía en las imágenes del cuento.
-Mmmm…los diaguitas. –Dudó rascándose la cabeza y comenzó a leer los textos del libro. –Aquí dice que ellos vivieron en estos cerros, hace muchos, muchos años atrás, en unas casas hechas de piedras, muy parecidas a las pircas que hace don Manuel en el jardín. – Entonces Lautaro señaló  la imagen de un adulto. –Ahhh sí…Aquí dice que para el pueblo diaguitas, la peor humillación era que le cortaran sus lindas y largas cabelleras.  Dice que a todos los españoles que tomaron prisioneros, los dejaron peladitos como pelotas de fútbol. – Y ambos se largaron a reír. -También dice que les gustaba pintar distintos dibujos en sus rostros, pero no dice para qué. –Entregándole un vaso con agua le prometió: Tal vez un día de éstos hacemos un paseo al cerro y vamos a visitar a tus amigos.
-Siiii. –Brincó Lautaro.
-Ahora vamos a ponerte una polera limpia  y lavar tus manos para almorzar…Preparé un delicioso almuerzo mágico, que te va a dar mucha fuerza. – Y por primera vez, Lautaro se lavó las manos, se sentó a la mesa sin reclamar y muy contento,  comió todo el guiso de quinoa con verduras.








                                           FIN

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